De llevarse a cabo una encuesta al respecto, sería poco sorprendente descubrir que la mayoría de nosotros prefiere la condición de huésped a la de anfitrión y que, de hecho, a lo largo de nuestras vidas, habremos sido más lo primero que lo último. Cualquiera que haya recibido a alguien bajo su techo sabe de las complicaciones que en potencia existen (aún bajo las condiciones más favorables). Cualquiera que haya entrado siquiera en mínimo contacto con el medio literario mexicano ha escuchado el nombre Philippe Ollé-Laprune. Cualquiera que, como escritor extranjero, haya buscado (ya sea por razones políticas, económicas o meramente personales) refugiarse en la Ciudad de México, sabe que ese resguardo se llama Casa Refugio Citlaltépetl. Y cualquiera que conozca a Philippe entiende por qué desde 1998 dirige la organización que ha acogido a creadores de países como Serbia, Kosovo, Senegal, Chad, Birmania y Egipto. Sólo así se explica por qué ese huésped de temperamento mexicano (en tanto relajiento), porte francés (en tanto que siempre aquello que ni con los siglos) y generosidad equiparable sólo con la autenticidad de su propio amor por las letras, además de hacerse acoger y querer por la comunidad literaria de México, terminó por convertirse en anfitrión. Profesional. Muy por lo contrario de lo que anhelaría el ser humano promedio (lo reflejaría esa misma encuesta; todos hemos sido testigos —si no de vista, al menos de escucha— de alguna experiencia huésped-catástrofe).
Editor, autor, principal promotor de literatura francesa en México –y quizá también el más fiel aliado de la literatura mexicana en Francia—, además de anecdotario viviente, Philippe Ollé-Laprune comparte algunas reflexiones en torno a la puerta de la casa: cuándo abrirla, cuándo cerrarla, y lo que sucede cuando se cierra en nuestras narices –o a nuestras espaldas.
PANIC: Tus ideas sobre exilio y refugio.
Philippe Ollé-Laprune: El escritor es el exiliado por excelencia. Uno, es exiliado de una lengua. Aunque escriba en su idioma nativo, la lengua literaria es una lengua ajena. Lo que dijo Paz, de la otra voz y esas cosas.
Me parece que por definición el escritor, la literatura, trata de decir el mundo basándose en mentiras –que son las creaciones narrativas. Eso te crea una forma de ser de exiliado porque te ubicas de manera ajena a la realidad. Por eso hay algo interesante en la figura del escritor. Del creador, en general. Pero me interesa más la figura del escritor porque la lengua es lo que nos define, ante todo. La única patria es el idioma.
Lo que me interesa a mí, por ejemplo, de recibir a escritores refugiados, es ver qué traen ellos, qué palabra, qué creación, qué reflexión. Y después cómo los puedes ubicar dentro del mundo mexicano. Sabemos que México no sería lo que es sin los exiliados.
Hay un caso que a mí me fascina, que es de Benjamin Péret, el surrealista francés que llegó a México en el 42, se fue en el 47 y no hizo nada. No trabajó, no produjo textos. Fue sólo después, una vez que regresó, que lo cuenta. Quizá le hizo falta tiempo para asimilar muchas cosas. También creo que le gustó más la fabulación de la realidad, la búsqueda de un México idílico, prehispánico, que estar aquí y tener la realidad en frente.
Y al revés, tienes el caso de César Moro, famoso poeta peruano que escribía en francés casi todo. Y es muy bello porque el tipo fue capaz de exiliarse de su país, de su idioma y hasta de su propia creación porque era pintor al principio. Realmente rompe con todo. Es la figura del exiliado por excelencia. Y es aquí en México, por una pasión amorosa por un teniente del ejército mexicano, que escribe su único poemario en español: La tortuga ecuestre.
Jeannine Diego Medina
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En cuanto a refugio… suena como una cosa un tanto animal, ¿no? Refugio. Exilio es una cosa más articulada, más pensada, más intelectual. Pero tiene esa vertiente. Eso que hace que de repente me vaya a la cobija y de ahí no me quiera mover porque ahí estoy bien. Si el exilio contiene una faceta de sufrimiento, el refugio es lo contrario. Es la cobijita, es la parte cálida del asunto.
Pero es muy complejo porque el aspecto “paternal” es muy engañoso, es muy difícil de manejar porque hay una parte afectiva que es muy complicada. Yo cometí el error al principio con los serbios y kosovares. Estaban cada fin de semana en casa. Había fiestas infantiles, estaban sus niños, los míos. Era una confusión de géneros. Aprendí a no confundir. Aunque vienen a mi casa de vez en cuando, pero como lo hacen otros amigos.
Es muy difícil ver cómo puedes ayudar a la gente sin volverte un puente necesario. Lo que yo busco más que otra cosa es que yo no sea el filtro entre ellos y el mundo externo. Busco que tengan contacto con mucha gente.
Hay esta historia acerca del escritor refugiado que llegó de Estrasburgo. Era argelino. Tenía como siempre su departamento, su beca, su trabajo y todo eso. Y además, un amigo mío, en un gesto muy generoso, tenía un coche viejo y se lo regaló. El tipo agarra el coche y después de tres meses, choca. Entonces le habla a mi amigo y le dice, oye, el coche está destruido, quiero otro. Porque sí, para él, en su lógica, era normal. No conocía las diferencias, no sabía exactamente qué se le debía, qué no.
Es muy complejo explicarlo. Hay que luchar mucho en contra de la cosa cavernícola del clan, de que estamos todos juntos, reunidos aquí, luchando juntos.
Yo veo al exilio y al refugio como dos partes de la misma balanza. Los kosovares que vinieron aquí llegaron a México porque no había otro lugar. Llegaron aquí sin hablar, sin entender nada. Y ahí entra la parte del refugio. Porque sí hay que hacerle un poco de papá. Cuidándote de no hacer demasiado. Cada caso es distinto, la cosa es nunca confundir.
Lo bueno del exiliado, creo, es que como tiene la obligación absoluta de estar, tiene la opción de romper completamente o de encerrarse, que fue el caso de Min Kyaw Khaing, un birmano que estuvo acá quien nunca aprendió español, a quien le importó un bledo. Hubiera hecho lo mismo en cualquier otra parte del mundo, la verdad. Pero la mayoría de los que vienen acá es gente que dice, “aquí pasan cosas que quiero entender, quiero aportar”, y es la parte más interesante.
También es el cliché más evidente del mundo, eso del “intercambio cultural”. No sé qué signifique eso. No sé quién intercambia culturalmente. Y además, ¿qué voy a poder darte para que tú me des a mí? ¿Qué significa? ¿Que yo te enseño un cuadro y tú me enseñas otro? Yo estuve en dos comisiones mixtas, que son las comisiones de los Estados, de Relaciones Exteriores con el Ministerio francés, donde se hace el plan de dos años de los “intercambios culturales”. En el fondo, ¿qué se está intercambiando? ¿Qué significa lo francés y qué significa lo mexicano, para empezar? Para un exiliado, ¿qué está obligado a intercambiar?
No sé si conozcas a Pere Calders, es un escritor catalán que vivió aquí en la Ciudad de México, 20 años o algo así. Fue uno de los grandes cuentistas del mundo del siglo XX. El tipo vivió aquí en Tacubaya durante más de 20 años y escribió toda su obra en catalán. Le importó un bledo si alguien en México lo leía o no. Hablaba español mejor que yo, pero no. Era una manera que él tenía de vivir su Cataluña.
De una forma u otra, se puede decir también que los beats fueron una forma de exilio. O de refugio, más bien. Venían aquí porque aquí podían hacer de todo sin que nadie los molestara. Y además, económicamente, les salía mejor. Pero ahí tienes una forma de exilio económico. Es el caso de Malcolm Lowry. A Malcolm Lowry, su papá le da una pensión cada mes y quiere triunfar en Hollywood. Pero en Hollywood le va muy mal con lo que escribe, entonces se la pasa chupando todo el día. Y se dice voy a ir al sur y de repente entiende que con lo que le da su papá, puede vivir perfectamente bien aquí en Cuernavaca. Y ahí se queda años y años.
Es interesante porque la palabra misma “exilio” implica muchas cosas que piensas políticas, pero no. Hablaba con un amigo cubano y platicando acerca de todos esos cubanos de Mariel, me dijo, “si son mexicanos, es un exilio económico y si son cubanos, es político. Pero la verdad es que la gran mayoría de los que se fueron de Cuba, se fueron porque no tenían qué comer”.
Impermanencia y tránsito.
P.O.L.: Para mí es la lectura. Lo que vives durante el momento de la lectura. El fenómeno artístico es un fenómeno de tránsito. Me parece que cualquier creación artística está ligada a una forma de permanencia, que es lo que se te queda en la mente, quizá. Pero, en general, es atravesar.
Regresando a algo más concreto, aquí me importa mucho que la gente no se quede de porvida. Que estén aquí por dos años. Es tránsito. Por exactamente la misma razón. De otro modo, no hay ganas de descubrir, no hay ninguna razón para meterte en otra cosa que la cobijita que mencionamos. Hay de todo. Hay autores que cambiaron de idioma, de país, para siempre. En general es el caso. Y a los que regresan, en general, les va muy mal. O sea, si quieres detener este fenómeno de tránsito y regresar a lo permanente, a esa idea de tu país que tenías, te va muy mal por muchas razones.
En el campo de los escritores, me gusta mucho la idea de tránsito. Me gusta mucho el fenómeno del migrante permanente. El día que quieres, entras a la Academia de la Lengua o vas al Colegio Nacional y tienes la medalla y ya se acabó. Vas a producir más cómodamente pero lo que era la cosa transitoria, la inquietud, ya se acabó. Entonces es un poco lo que quiero decir con eso de que se cristalizan las cosas. Y tránsito también es anti-cristalización.
¿Cómo es que el huésped Philippe se transforma en anfitrión?
P.O.L.: Nunca puede explicar, alguien más o menos sensato, una regla gramatical de su propio idioma. Pero aprendiste inglés y te dijeron, “se dice I will be...”, etcétera. Es un poco lo mismo, me parece. Al principio sí, fue la impresión de que era un proyecto muy original, muy distinto, aparte de que tocaba en cosas que yo conocía un poco. Entonces se dio de manera bastante natural. Y además, la posición de huésped-casero es muy cómoda. Cuando no quiero contestar digo, “yo soy francés, no entiendo” y al revés. Puedes jugar con los dos perfectamente.
Hay un fenómeno del cual estoy muy alejado, que es el fenómeno de, por ejemplo, en mi caso, la comunidad francesa. Eso existe. Gente que se reúne los fines de semana. Hay un club al que van, hay un liceo, hay una embajada, hay alianzas francesas, hay una librería. Hay puntos, una excelente charcutería, todas esas cosas. Y el sábado en la noche están sacando un camembert como acto de resistencia total.
La primera vez que viví fuera de Francia, viví en Honduras, en Tegucigalpa. Durante, además, los años de guerra. Entre los narcotraficantes, la CIA, los contras, todo eso, era un ambiente un poco extraño. Y había una comunidad francesa muy pequeña. Pero muy pequeña. Entonces, algunos, en nombre de una cierta solidaridad, dicen oye, pobrecito, acaba de llegar, vamos a enseñarle. Lo cual está bien. Pero luego se vuelve una obligación que hace que todo el mundo se vea todo el tiempo. Lo hablé con amigos mexicanos que vivieron en Francia. Se veían en Francia con los mismos amigos mexicanos y cuando todos volvieron a México y ya no se vieron más. Y se dicen, bueno, yo para qué lo voy a ver si no tengo mucho que ver con él.
¿Cuáles son los códigos de comportamiento del huésped y del anfitrión?
P.O.L.: ¿Códigos? Sí, hay códigos, tienes razón. Primero dije que cada caso es distinto. Eso es cierto. Pero también, como en todo, hay cierta generalidad. Primero, siempre, al principio, hay un período que es como el amor, el idilio total, en el que lo que más te gusta del otro son sus defectos, todo es interesante, trae cosas nuevas, viene de un país que no conoces, algunos traen regalos, en fin. Luego, sucede algo que se llama la vida cotidiana, que hace que las cosas se normalicen. Y ahí empiezas a buscar la distancia. Aunque ahí sí depende de cada uno. Puede llegar a ser hasta una crisis. Yo tuve dos. Así, del tipo que se quiere tirar por la ventana y todo. Por lo que yo sé de eso –aunque creo que sé muy poco—, en mi papel de anfitrión, hay que ser generoso con cuidado. Y del lado del huésped, hay que ser mandón sin ser insistente.
Siempre, después del idilio, está el reflujo. Puede tomar un año, una semana (de hecho, hubo el caso), pero hay un momento en el que la ola de repente va hacia el otro lado. A mí me dijo un señor que estuvo aquí, “Tu idea es graciosa. Tú tienes un salario porque nosotros existimos y porque hay jodidos en la tierra”. Yo le dije, “Sí. Pues sí, es cierto. Pero también tú vives porque yo estoy aquí. Entonces, ahí estamos de acuerdo”. O sea, es un grado de cinismo que, por supuesto, espero no sea cierto.
Tengo una amiga que trabaja en el ACNUR, el organismo de las Naciones Unidas que trabaja con refugiados. Cuando trabajas, como ella, desde hace tiempo, en una organización de ese tipo, sabes que lo más importante en tu vida es protegerte. Lo que te va a destruir no es el anonimato, que es el gran miedo de los que están en el medio cultural. Para ella, el miedo es que te conozcan y sepan dónde vives. Ella tenía que hacer cosas para que no la siguieran y le tocaran a las dos de la mañana en su casa para pedirle refugio. Y me dijo, “Hay que aprender eso. Tú vas a estar entre dos cosas, porque tienes una parte humanitaria y otra parte cultural. Entonces, tendrás que ver cómo te arreglas con eso”.
Cuando estoy de buenas, digo que el mundo cultural y el humanitario es la misma cosa y que no hay ninguna contradicción, etcétera… con la experiencia puedo decir que creo que no. Esa búsqueda de distancia fue muy difícil. Un señor aquí me gritó como un loco que aquí era un campo de concentración. Sí, hay testigos de eso. Porque como eres todo, en un esquema freudiano eres el papá, la esposa, la cobija, el trapeador. Y además, eres la llave para todo. Tienes no solamente el dinero sino los conocimientos, el idioma, el contacto con el mundo exterior. Puede ser que la gente te odie tanto como te puede amar. Con el tiempo se regulariza, se normaliza, pero es muy pasional. Mi papel como anfitrión es tratar de que no sea pasional. Ser lo más frío posible. Y eso es muy difícil, no me sale a mí eso. Yo prefiero la cosa pasional completa, aunque tengamos que llegar a los gritos etcétera –y siempre va a haberlos.
Por ejemplo, yo me siento responsable de los que ya no están en Casa Refugio. Si ves el papel, el reglamento oficial, no es así. Una vez que se van, se supone que yo cierro la puerta y adiós.
Eso pasó con los kosovares, la segunda familia que llegó y que pasó dos años aquí. Él vagamente buscó chamba, no la encontró (no hablaba español) y se regresaron a Kosovo.
De esto, toda mi vida me acordaré. Un día, estábamos aquí abajo con mi asistente y llega un taxi y se bajan del taxi los kosovares. Y dije, “¿No estaban en Kosovo?”. Entonces ahí, con valijas, todo, me dice, “Oye, no me vas a echar, ¿verdad?”. Yo le dije: “Yo no tengo derecho a tenerte aquí”, y él me respondió, “Déjame el departamento un mes, sin beca, sin nada y nos arreglamos para buscar algo, pero allá en Kosovo nos quieren matar” y esto y lo otro. Y le dije que sí. Hoy es nacionalizado mexicano, dueño de su casa, es coordinador de la carrera de letras en la Universidad de la Ciudad de México, publica libros con Era. O sea, él es como el ejemplo perfecto. Pero siempre me siento responsable. Cada vez que él dice una pendejada, yo tengo que decir, “No, perdón, es que él no es de aquí”. Igual con Koulsy Lamko que todavía no ha aterrizado, trato de buscarle trabajo. Siento que es como parte de, aunque no lo diga el reglamento.
¿Tus experiencias más coloridas?
P.O.L.: La más gratificante es la de Xhevdet Bajraj, el kosovar. Cada vez que habla con su acento albanés y dice, “nosotros los mexicanos pensamos que…”. Hicimos un coloquio en el que habló Xhevdet, quien había escrito un texto en albanés que se tradujo al español. Y le costaba mucho, se sentía mal porque a veces no entendía las palabras que leía y terminó por olvidarse del texto y hablar en español. Fue la primera vez que lo hizo. Y dijo, “Lo que quiero decirles es que hay un dicho en mi país, que es: ‘la vida escribe las novelas’. Y yo, después de atravesar todo lo que les conté, sé que la poesía la escribe la muerte”. Álvaro Mutis se levantó llorando, lo abrazó y le dijo, “No, es que no sabes lo que es eso, viejo”. Muy, muy emocionante, hasta la fecha.
En un festival de San Luis Potosí, hicimos una mesa redonda con Eduardo Vázquez y fueron Xhevdet con su esposa Vjolsa y Koulsy. Y llegamos al hotel y que a la niña de la recepción no le cabe en la cabeza. Para ella, al festival van grupos de música y nada más. Y nos pregunta, “¿Ustedes son un grupo de música?”. Le decimos que no y nos dice, “Ah, no, entonces aquí no es”. Nos decía, “¿Ustedes son los Van-Van?”. Y nosotros: “No, no somos nosotros”. Y después de una lista de grupos, nos pregunta si somos Viento de Exilio, que era el título de la mesa redonda. Yo entendí y dije, “Está bien, somos Viento de Exilio”. Aparte, éramos el perfecto grupo de world music. Estaba Vjolsa, la esposa de Xhevdet, que es rubia y demás, yo con carita de que no soy de acá, Xhevdet mismo y Koulsy, que es negro. Fue bastante divertido.
Son muchas historias. Mucha gente vino, mucha gente pasó. La gran inauguración con Salman Rushdie con francotiradores en todos los techos y un comando islamista que estaba ahí.
El tema es tan enorme, tan complejo. Para mí, sé que son tres cabezas: México, la literatura y el exilio. De ese triángulo amoroso, no sales fácilmente.