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El espectador de teatro: ¿invitado o huésped?

 

 

 

Casi siempre que hablo de lo que me interesa en el teatro, termino por hablar de una cena. Explico que preparar un montaje es muy parecido a preparar una cena. Pues sí, básicamente es lo mismo. Uno piensa en un dispositivo que permita una agradable velada. Mezcla ingredientes o movimientos, limpia su casa o el escenario, desplaza muebles o artefactos escenográficos, cambia luces o las reenfoca, escoge discos o compone música para que el invitado (de la cena como de la obra) se sienta a gusto. Se genera en el que entra una sensación de relajamiento y disposición. 1
Al decir “eres mi invitado”, se entiende “¿qué gustas?, toma lo que deseas”. ¿Qué hacer para este invitado? He aquí la pregunta. Y ensayar es una manera de probar, tal como el cocinero de la cena prueba los guisos para saber qué añadir y qué restar, para planear el orden de los platillos. De probadita en probadita, se constituye un dispositivo que combina elementos para producir variaciones (sensitivas, perceptivas, reflexivas) en el espectador.
No se trata de decir algo desde el escenario, de la misma manera en que confeccionar tal platillo o añadir tal especie no son actos de comunicación –a lo mucho expresan un “qué bueno que estés aquí”–. Se busca únicamente alegrar el paladar, el sentir: compartir, producir. Se produce para que el otro produzca, y no como respuesta ante algo; no se trata de un intercambio. Tampoco se reproduce algo, sino que se producen sensaciones, percepciones, reflexiones, pensamientos.
No sólo se busca que el invitado esté a gusto. Etimológicamente, el invitado es también la persona que está invitada a hacer. “Invitar” se llega a entender a veces como “excitar a”: el sol invita a salir, un buen guiso combinado con un buen vino invitan a hablar. El anfitrión de la cena hace todo lo posible para que el invitado pase del ver al hacer. Pueden surgir imprevistos alegres: una discusión profunda, ideas nuevas, un compartir diferente, una confesión inesperada, etc. Y el anfitrión de la obra, al ensayar un montaje, escoge elementos, compone momentos, construye ambientes, establece ritmos de modo que el espectador no se limite a ver sino que empiece a sentir y a construir sentidos.
Se trata de una especie de paradoja: el comensal disfruta casi exclusivamente del aquí y el ahora de la cena (“olvida tus preocupaciones y saborea este vino”) para, de allí, fugarse (“y ¿por qué no hacemos tal proyecto?”; es decir: “fuguémonos a otro lugar”). De la misma manera, se busca anclar al espectador en el presente para que, de allí, derive en múltiples direcciones.
Detallemos. Se constituye un presente de la cena, o bien, de la obra. Y primero, al acudir a una o a otra, el espectador-invitado se siente anclado en el presente. Experimenta una excitación; concentra su atención. El propósito del anfitrión es exaltar el momento presente, es decir, hacerlo más alto 2: tanto celebrar los méritos de este momento como inspirar en el comensal entusiasmo por ellos. Si se exaltan los sentimientos, es que se llevan a un alto grado de intensidad y/o de actividad –la deriva, la fuga, el movimiento en general–.

1.Es el caso por ejemplo del montaje Les Egarés de Pierre Meunier presentado en el Teatro de la Bastille (París) del 31 de mayo al 1 de julio de 2007.

2. El verbo “exaltar” tiene su origen en el latín exaltare (1530) y, por ende, de altus, alto.

 


  

TEXTO

Jean-Frédéric Chevallier

FOTO

Hiroshi Sugimoto

 

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PANIC #1 HUESPEDES


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Exaltar el presente, hacerlo más alto, es también volverlo más profundo. Es cuestión de apertura. Entre más profundo es, habrá un mayor número de rincones por descubrir, explorar; una mayor cantidad de lugares que atravesar. ‘Invitar a’ conduce a la intensificación el presente para volver el estar más activo –el estar, más no el ser–. Es dar el deseo de más, de operar más, de caminar más.
Llegamos al segundo paso. Se exalta el presente porque se trata de exultar el estar presente, es decir, experimentar una puesta en movimiento alegre, un baile por gozo. 3 Y si, de ese exaltar en doble sentido (elevar para intensificar el estar) se llega a generar una exultación, es porque desde la exaltación del presente se llega a la exultación del acto de presenciar. Se trata de concentrar el sentir para favorecer la dispersión del pensar
Anclar/derivar, exaltar/exultar o bien concentrar/dispersar son extraños pares… paradójicos, dijimos en alguna ocasión. Designan la parte de responsabilidad que le toca al convidado cuando deja de ser puramente un invitado. Porque ¿cuál es la invitación última, después del “ven”, del “come”, “disfruta”, “habla”? Cuando uno invita alguien a su casa a cenar, le propone finalmente habitar temporalmente el hogar, es decir, ser huésped. De la misma manera, invitar a un espectador al espacio teatral por un par de horas es pedirle que habite el espacio en tanto huésped.
Ahora bien, el huésped no es exactamente el invitado. Primero, venir a habitar un hogar que ya está constituido no es responder a la invitación: “¿qué quieres? te lo invito”. Segundo, y al contrario del primer punto, venir a habitar es traer elementos para completar el dispositivo; un poco como cuando se anuncia: “esta fiesta es de traje” (entender: “tienes que traer parte de lo que habrá”). Como si, a la vez, el huésped tuviera menos y más espacio que habitar: “así está”, por un lado; “complétalo”, por otro. Al invitado se le invita a… Al huésped se le dice: “aquí está la casa, haz lo que quieras”.
De hecho, normalmente, el huésped es el invitado que se queda más de un par de horas: un par de días, por ejemplo. Es el invitado que, al quedarse un tiempo, comienza a habitar. Se baila porque, de repente, el espacio se abre y se expande. Aparece la posibilidad de otros habitares. Es de nuevo lo inesperado pero esta vez con un nivel más de consistencia. Porque el huésped ya perdió el centro de referencia que tenía el invitado: la cena sirve de punto de concentración para la dispersión. Ya no es meramente la sala de noche, con luces íntimas y música relajante, sino la recámara, la cocina, etc.
Pero el huésped puede llegar a habituarse. En este momento importa que vuelva a ser invitado porque estar invitado es obligar a que haya un hueco. El huésped ayuda a habitar, es decir, a profundizar el hueco; sin embargo, puede terminar por olvidarlo. En cambio, el invitado tiene el retraimiento del anfitrión (“te dejo el lugar, pasa”) para recordarlo todo el tiempo que dure su estancia. Estar al servicio del invitado es el primer retiro para el primer hueco, la primera posibilidad de variación.

Resumo: “exaltar” como hacer tan alto al presente que se ve incluso lo que no está habitado por debajo (el anfitrión para el invitado); “exultar”: cuando se expande el espacio cotidiano porque surgen nuevas posibilidades de habitar (el invitado se vuelve huésped). Resumo más todavía: el invitado está; el huésped habita.

3. Exultar es del latín ex[s]ultare (1400), es decir: bailar.

 


    


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Falta todavía un eslabón en esta reflexión. Es relevante que tanto en el uso actual en español como en su uso en latín, la palabra huésped designa a la vez el que es recibido y el que recibe: el hospedado y el hospedador. Es en este sentido también que el huésped es el que habita; mientras que el invitado es el que pasa. El primero cava pero se puede instalar, el segundo descubre pero sigue en movimiento. Y tal vez lo que más interesa es el va-i-ven dinámico entre las dos nociones y las cuatro posibilidades.
Ahora bien, con o sin respuesta contundente, este desarrollo es aplicable al dispositivo-cena porque transcurre en la casa, un espacio cotidiano, que si dejó de serlo un momento en el transcurso de la cena, vuelve a serlo cuando el invitado se convierte en huésped. Pero ¿qué hay de lo habitual en un dispositivo teatral? Por cierto, considero al escenario como un espacio ya no de representación sino de presentación y el espectador como un invitado. Sin embargo, ¿en qué medida el teatro es un espacio donde la vista se ejerce de manera siempre extra-cotidiana? Hay que recordar que el término teatron se refiere, etimológicamente, al lugar desde donde se ve. La percepción cotidiana se desterritorializa. No se ejerce sobre otro terreno sino que se lanza desde otro territorio (en esta perspectiva es el espectador el que se vuelve otro).
La equivalencia entre el invitado a una cena y el espectador de una obra es fácil de explicar y entender. Pero la comparación entre el huésped y el espectador parece más delicada. ¿Qué sería aquí lo habitual que habitar? O bien ¿en qué medida el espectador-invitado se vuelve huésped pero en el segundo sentido (hospedador)? Porque, lo habitual que está en juego es del espectador. La apertura que importa sentir y luego practicar (el paso del estar invitado al ser huésped) es la del espectador. Si el anfitrión está al servicio del invitado (le ayuda a anclarse y concentrarse), el hospedado está al servicio del hospedador (le ayuda a abrirse y dispersarse). El anfitrión opera la exaltación, el hospedado la exultación. Ahora bien, el escenario nunca deja de ser el espacio al servicio de la sala. Si el anfitrión lava los pies del invitado a su entrada y el hospedado los del hospedador un día que regrese cansado de trabajar, los operadores escénicos nunca dejan de lavar los pies de los que están en la sala.
Aparece un doble cambio para el espectador quien, en el transcurso, va de ser un invitado a ser huésped en su propio hogar. Y, en ambos momentos, les toca a los operadores escénicos asegurar que el movimiento no se fije, que siempre se pueda generar la posibilidad de la variación. El espectador se puede instalar cuando se vuelve hospedador de los actores.

En todo caso, el propósito no es habitar el teatro sino la vida. La comparación cena-casa/obra-teatro tiene sus variaciones y variantes porque el teatro no es exactamente una casa y lo que importa in fine son las casas, las comunidades, y el teatro saca su fuerza de esta humildad: sólo es como una cena, una fiesta. Lo demás hay que hacerlo afuera –incluso, a veces, fuera del teatro mismo.